Supongo que llevo mucho procrastinando esta entrada, en concreto, NUEVE MESES. Pero lo cierto es que quería escribir algo sobre mi experiencia en París, al menos antes de hacer las maletas e irme de viaje a Japón -sobre el que creo que escribiré con un poco más de pasión-. Una de las principales razones para procrastinar esta entrada es que no fue una experiencia demasiado satisfactoria. París deja mucho que desear y en año nuevo más… Si alguien te ha dicho, o has leído, que París en Navidad es como una tienda de souviners del Polo Norte, te engaña. Es París, solo que hace un frío de mil demonios y no paras de preguntarte dónde ha guardado la ‘ciudad de las luces’ sus iluminaciones. Para contextualizar, diré que nos marchamos en torno al 3 de enero, menos de una semana después ocurrió el atentado a Charlie Hebbo, que fue de lo poco que nos faltó para haber hecho el viaje redondo. No sé como se movilizó tras el atentado pero lo cierto es que se puede hacer un retrato bastante curioso del París de los días previos.
El síndrome de París, esa dolencia psicológica que padecen muchos japoneses tras visitar la ciudad, tiene algunos motivos. Tal vez es que el ‘hype’ de París siempre está por encima de sus posibilidades, dónde los pobres turistas se imaginan jardines por doquier y gente esbelta con boina siempre dispuesta a invitarte a un café a la sombra de la Torre Eiffel. Pero lo cierto es que para el que no quiere ver las cuatro cosas típicas, no solo la ciudad no se parece a esta imagen proyectada, sino que puede convertirse en su peor pesadilla. La primera norma de lo exclusivo es que no es accesible a todo el mundo y París lo aplica a la perfección. Dependiendo de cuanto pagues verás una de las dos caras que tiene para mostrarte la ciudad de luz, pero también de sombras...
Ni amor, ni glamour
En general, la ciudad dejó mucho que desear. A mi, que Madrid no me gusta, me pareció que estaba mucho mejor organizada, incluso más limpia que la capital francesa. Con esto no quiero decir, que no tenga zonas espectaculares. Pero si que se podría decir que es una ciudad muy desigual, con zonas cuidadas y mimadísimas y otras, literalmente, abandonadas. Y no hablo del extrarradio, sino de todos aquellos barrios que no eran enfocados al turista. Si era un barrio residencial o comercial no-turístico, prepárate para ver mendigos, suciedad y gente que no sabes muy bien por qué, pero te da ‘mala espina’. ¿Y si nos alejamos un poco del centro? Cuanto más te alejas, más adosados de clase media y barrios residenciales donde lo único que varía en el paisaje es un supermercado cada 15 minutos.
En cuanto al tema monetario, íbamos preparadas con que París, para comprar no es. Es caro y si vas a racanear en alojamiento y transporte ten cuidado con el barrio en el que te hospedas porque puedes tener una sorpresa desagradable o gastarte más en tickets de transporte que en el hotel. En general, comimos poco fuera, pero los precios están ajustados, por eso no hay mayor problema. Si hablamos de espectáculos, olvídate… todo aquello que se sale de lo normal, se dispara de maneras astronómicas. París es una buena ciudad para el cliente vip, no el turista medio, aquel que va sin importarle mucho la cartera. Y aunque creas que hay vuelos baratos y has encontrado un hotel-ganga, ten cuidado, porque si algo es barato por alguna razón lo es.
Por otra parte, y siendo navidad, me decepcionó un poco no encontrar ninguna clase de decoración o iluminación festiva, tan solo las luces que pusieron a la Torre Eiffel y un par de abetos decorados. Tampoco hubo ningún tipo de celebración post-cuenta atrás a excepción de esa estupenda megafonía del metro que decía que se abría durante toda la noche, aunque se les olvidó comentar que solo UNA SOLA línea de las 16 que tienen. Pero es que, en general, París está muy mal señalizado. Solo las zonas turísticas están bien, y si quieres encontrar un mapa, buena suerte, ni gratuitos, ni pagando. Con mi pasión por los mapas, acabé en una tienda de guías. Encontré de todo tipo y lugar: ciudades, regiones, países... Menos de París *facepalm*. Al menos, el metro, en general, es cómodo y cubre todos los rincones, por lo que no es difícil orientarse si te tienes estudiada un poco la zona o llevas googlemaps.
Actitud parisina
No me gusta tildar de maleducado a nadie, más cuando es una generalización, pero no sé muy bien que otro eufemismo podría usar para decir lo mismo. Se suele decir que el francés, por lo general, es bastante individualista. La verdad es que no sé si es cierto, si es que me topé con gente rara o es que no comprendo su idiosincrasia, pero en muchas ocasiones no entendí su forma de hacer las cosas. El ejemplo más claro de la actitud parisina que os puedo dar es la siguiente: Estando en Disneyland, lloviendo, fuimos a unas galerías donde gran parte de la gente se fue a refugiar. Los bancos estaban ocupados y casi toda la gente estaba sentada en el suelo apoyada en las paredes. Nosotras estábamos sentadas al lado de una salida de una tienda, donde constantemente, empleados entraban y salían. Vinieron dos parejas de chicos jóvenes y se sentaron en la salida y ambas hicieron lo mismo. Ocuparon la salida y los empleados les pidieron que se fuesen. Ante esto, yo me habría ido, o si estoy realmente cansada, me habría levantado y en cuanto se habrían ido habría vuelto a sentarme en el mismo sitio. Ellos no, ellos prefirieron ponerse a nuestro lado e intentar echarnos a empujones. Así, tal cual. Cuando vieron que no se hacían hueco ni a la de tres -aquí servidora tiene la espalda curtida de tanto concierto-, simplemente se largaron. Podéis pensar que es la edad, pero no es el único otro detalle chocante que me encontré. Pongamos otro ejemplo: Generalmente si tu intentas ‘colarte’ en un concierto la gente se pone agresiva, pero si ‘sales’, la gente te abre pasillo para que dejes hueco -es la primera norma no escrita del buen festivalero-. Bueno, pues en París no debe de funcionar así. Da igual que les saques dos cabezas a una señora de 50 años que mira los fuegos artificiales, porque NO te deja pasar. Le da igual si se tiene que joder ella para conseguirlo y si intentas pedirle permiso TE GRITA. Llamadme inculta pero no lo consigo comprender por más vueltas que le he dado.
En cuanto al servicio, un poco más de lo mismo, recepcionistas que despachan gente sin reserva y llaman a seguridad, dependientes del subway que casi te tiran el bocata a la cara y camareras que se rien de ti por pedir demasiado. Por una parte te choca y por otra, ves lo acostumbrados que están a ver absolutamente de todo, que te preguntas si es que esta actitud es porque París ha llegado al límite de gente extrema. Extremadamente rica, extremadamente exigente, extremadamente pobre, extremamente desesperada. Supongo que es un cúmulo de todo.
En cuanto al servicio, un poco más de lo mismo, recepcionistas que despachan gente sin reserva y llaman a seguridad, dependientes del subway que casi te tiran el bocata a la cara y camareras que se rien de ti por pedir demasiado. Por una parte te choca y por otra, ves lo acostumbrados que están a ver absolutamente de todo, que te preguntas si es que esta actitud es porque París ha llegado al límite de gente extrema. Extremadamente rica, extremadamente exigente, extremadamente pobre, extremamente desesperada. Supongo que es un cúmulo de todo.
Palomas, mendigos y niños
Sí que es cierto que me chocó muchísimo la cantidad de ellos que hay, y que sean tan dispares y estén en cualquier parte. Padres que han perdido el empleo por la crisis, que ni siquiera parece que sean mendigos, corrillos en el metro, bebiendo, colchones en esquinas, gente con carteles delante de sitios turísticos o en tiendas. Había de todo tipo, desde gente que duerme en la calle pero no pide, a los que cantan en el metro. Y es abrumadora la cantidad. Supongo que esto es un indicio más de esas apabullante desigualdad que ya parece tener la ciudad, con barrios muy mimados y otros dados de lado.
En cualquier caso, quería detenerme en esto, porque la historia más humana que vi, fue, precisamente, en el Louvre, donde saqué una foto que me llevaré al baúl de mis historias retorcidas favoritas. Al igual que en Notre Dame, en los jardines del Louvre hay un par de mendigos que enseñan a coger palomas por unas modestas propinas. Aún cuando lo vi por primera vez en Notre Dame me chocó. Aquellas familias que podían permitirse la limosna para que el crío de turno tuviera su momento de ‘domador de pulgas’. Esas típicas familias que en otras circunstancias se habrían alejado de aquellas personas que ahora pagaban, todo porque salía más barato que comprarle unos churros y el niño se puso insistente. Palomas, mendigos y niños… Esa foto tiene los tres elementos. El niño con su gorro de angry bird domando palomas, y en segundo plano su madre pagando al vagabundo.
Por lo que he dicho puede parecer que todo el viaje fue un desastre, no mentiré al admitir que fue decepcionante en muchos aspectos y que algunas cosas no salieron como planeábamos, pero la verdad es que hay algo que sí debo concederle a París: una buena historia. No garantizo que esa historia sea agradable, pero algo os va a enseñar, de eso estoy segura. También es muy fotogénica, a pesar de todo lo dicho, no dejéis de visitar lo típico, y si sois valientes lo que es algo menos típico. Disneyland, es Disneyland, que puedo deciros, si os gusta el rollo os encantará y probablemente gastéis más tiempo aquí que en museos, pero si no os gusta, pues ni con un palo. Personalmente, Disney era un punto señalado en mi lista y dónde hice unas fotos geniales. La Ópera es preciosa de principio a fin y merece la pena perderse por sus pasillos, y así un largo etcétera de cosas que podéis encontrar en cualquier guía... Pero supongo que lo más reseñable que no os van a decir estas guías es que no es el sitio ideal para el turismo joven, del que va a albergue y quiere 'low-cost', que come bocatas y duerme en la calle si hace falta, aún así la aventura está garantizada.




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