Agarrarte a algo desesperadamente, con todas tus fuerzas,
tan intensamente, tan costosamente… pero que éste se deslice igualmente por
entre los dedos, baje sin que nada puedas hacer contra la gravedad y el
destino. Querer gritar y llorar al no poder evitar como ese algo se desvanece
sin remedio. Así es como pierdes algo querido. No pataleas, ni luchas, si no
hay algo de verdadero valor detrás. ¿Una gran suma de dinero? No, los sueños
que puedas cumplir con ese dinero ¿Una baratija vintage? No, un recuerdo ¿Una
persona? No, alguien amado.
Ser mal interpretado es tan sencillo… hay gente taaan torpe.
Amabilidad, con pena. Odio, con decepción. Rabia, con desesperación. Tengo la sensación
de que es más fácil para el mundo si estos malentendidos no se corrigen, que es
más fácil para las personas aceptar la maldad, que sentir empatía. Tal vez soy
yo, tal vez soy más sensible a esas cosas. Tal he perdido más de lo que podía
soportar.
Las frivolidades existen para tener conversaciones vacías
sobre asuntos que no trascienden las 24 horas. Y si la realidad no convence… se
pinta. Se dibuja un mural donde las cosas malas no lo son tanto y donde las
cosas buenas se triplican. Pasado este punto la banalidad se convierte en
vanidad y orgullo, y por tanto, en una competición. Competimos, perdemos,
ganamos, pero no podemos parar. Es adictivo... hasta que llega la noche. Cuando
llega la noche las ruedas se tornan, el tiempo se para y las máscaras se caen.
En silencio, con la luz apagada, todos somos iguales, todos estamos solos y
todos tenemos los mismos miedos del mañana. No obstante, no permitas sentirte
débil por mí porque pronto saldrá el sol y de nuevo comenzará nuestro juego, el
de las exageraciones y el del aislamiento.



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