Para quién no lo sepa Corea del Sur es famoso por tres
cosas: el conflicto armado con Corea del Norte, la ola Hallyu –‘bomb’ internacional
de la música, cine y series coreanas- y las operaciones estéticas. Hasta el
punto de ser denominada como la capital asiática de la cirugía plástica. Su
máxima: “bueno, bonito y barato”. A pesar de que es un punto al que parecía
haberme acostumbrado de este país, de
vez en cuando, es capaz de sorprenderme con alguna noticia insólita sobre este
campo. La última viene de parte de una clínica de Gangnam –distrito rico de la
capital coreana, aunque más conocido por la canción del caballo- que decidió
exhibir en su página web una torre fabricada con los huesos de mandíbulas extraídos
a unos 1.000 pacientes.
Cuanto más conozco la afición al bisturí que se frecuenta
por esta región del planeta –según datos de 2013 de la Sociedad Internacional
de Cirugía Plástico Estética, 74 de cada 10.000 de sus habitantes se ha
sometido algún clase de intervención de este tipo - más confusa me siento con
respecto a ‘lo bueno y malo’ de la cirugía plástica. Ciñéndome más a la
noticia, el escándalo de las esculturas de hueso, comenzó cuando la afamada
clínica especializada en operaciones de mentón y maxilar –una de las más demandadas
en este país- decidió ‘reciclar’ los huesos extraídos en las intervenciones dentro
de dos columnas de vidrio de 60 centímetros. Fuera aparte de si se puede o no
considerar ‘el monumento’ como arte moderno, la clínica hacía acopio de orgullo
y mostraba así la experiencia y ‘buen hacer’ de sus médicos. En la propia web
de dicha institución se colgó la fotografía que mostraría la hazaña, lo que no
esperaban es que acabaría convirtiéndose en la última imagen viral del gigante
Internet. Las propias autoridades tuvieron que mediar tras el aluvión de
críticas para que la web retirase la fotografía de su página.
Sinceramente, si hacen una columna o hacen una hoguera quemándolo
en taparrabos, creo que esto es lo de menos. Lo que me preocupa es lo que hay
detrás. Corea se ha convertido de alguna manera en el destino de miles de ‘turistas
médicos’, por una fama ganada a base de imponer a su propia población un canon
de belleza imposible. Es fácil, tratando de forma general, decir que esto es
una burrada y que nadie debería jamás llegar a este punto. Pero… ¿Y si
individualizamos? Todos tenemos complejos, cosas que modificaríamos. Bombardeados por una continua presión social, publicitaria y unas facilidades
sanitarias y económicas… ¿No caeríamos? El problema es que el aumento de esta
tendencia solo vaticina un futuro más negro: más gente operada y un canon más exquisito
que en algún momento dejará de ser saludable –si no ha dejado de serlo ya-.
Contra esto lo peor es que no hay mucho que se pueda hacer. Cada día se
fabrican más ‘reality shows’ relacionados –Let me in-, la publicidad en el metro es
abrumadora e incluso se ha convertido casi en un requisito para el currículo de
los jóvenes coreanos –fuera parte de lo anecdótico, SM Entertaiment incluyó una cláusula para poder realizar operaciones estéticas indiscriminadamente sobre sus subordinados ‘idols’ menos
agraciados-. El tema está demasiado normalizado, hasta el punto de que cuando
alguien decide hacerse una tétrica columna sacada de una película de Hannibal
Lecter, la gente se comienza a preguntar si eso está bien o no, pero no se
pregunta cómo dicho carnicero ha podido llegar a fabricar semejante estructura.
Tenemos tendencia a masacrar a la gente menos favorecida
físicamente, y nos encanta. Nos hace
sentir geniales. Nos metemos con la gordura de Adele y nos fastidia ver gente
orgullosa de sus kilos como Beth Ditto, incluso mandamos cartas a una presentadora para que haga dieta. Pero la verdad es que fuera parte de la
broma, somos seres totalmente heridos por nuestros propios complejos. Cuando
dije que me siento confusa con este asunto, es porque me pongo en la piel de
esas miles de personas representadas en esas columnas de cristal y no veo una
hazaña, veo un monumento a la fealdad y a los complejos. Al dolor. No soy capaz
de juzgar negativamente a alguien que en algún momento se ha sentido mal con su
propio cuerpo y ha decidido hacer algo al respecto. No soy muy partidaria de
las operaciones por ‘vicio’, pero tampoco de las personas que viven un infierno
continuo por culpa de ‘algo que no han elegido’.





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